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Dando vueltas por cualquier foro o reducto donde los cybernautas depositan sus comentarios sobre los mas diversos tópicos, es muy común detectar una horrenda ortografía en la gran mayoría de los textos publicados. Y esto es producto nada más y nada menos de la falta de una lectura apropiada. Y si, en un tiempo en que predomina la economía de palabras del mensaje de texto, en el que reemplazamos nuestro rico lenguaje por letras, apócopes o jeroglíficos inentendibles (t pas a busc 1/2 h...bss) mas cercanos a un aviso clasificado que a un intento de comunicación; en un período en el que las reglas ortográficas parecen haber muerto en medio de una disputa entre barrasbrava; en medio de esa sobreexposición al equívoco lingüistico es muy difícil no terminar escribiendo como un pibe que recién abandona el jardín de infantes. Y es por eso que sería bueno reveer ciertas posturas que solo buscan el aprovechamiento en cantidad y no en calidad de nuestro tiempo. La lectura de un libro se ha transformado en un trámite engorroso que nos consume esos dichosos minutos que podríamos utilizar en... ¡vaya a saber qué!
Bajate alguno de estos libros, son de diversos estilos, alguno te debe interesar. Si no te da para imprimirlos y leerlos en tu cama por las noches, dale desde el monitor. Pero leé. Y por Dios, no me lastimés más las pupilas con tu n antes de la p o la b.







Nuevamente con ustedes, amigos amantes de las armonías, los tresillos y la síncopa, este pequeño espacio en el cual pueden adquirir nuevos conocimientos o desempolvar esa guitarra que está guardada acumulando cucarachas en el placard para recordar de que se trata eso de tocar.
Comenzamos con este completísimo apunte en PDF que abarca muchos estilos (desde el Hard Rock hasta el Blues) proponiendo escalas, riffs, melodías y muchos tópicos más que ocuparían mucho espacio aquí: bájenlo y descúbranlo.


Para los amantes de Pink Floyd está este Early Classics con tablaturas y pentagramas de temas como Time, If, Brain Damage, Fat Old Sun y, por supuesto, la infaltable Money.


Por último, este lindo librito para conocer a full el mástil de la guitarra con todas las escalas en diversos sitios del mismo. Está piola porque es en un 75 % ilustrado, lo cual le da sobrada practicidad y entendimiento.


Todos están en inglés pero, como siempre digo, el idioma no es una barrera en esta clase de libros, siempre hay alguna ilustración que nos es de provecho. Bueno, espero que les sea útil y... ¡Que suenen corcheas y semifusas!

Vuelve esta sección para todos aquellos amantes de los instrumentos, de la teoría, de los procesos de grabación...en fin, de la música que podemos hacer los músicos (todo el que rasque impiadosamente una viola se debe considerar como tal). Esta semana llegan unos interesantes libritos (algunos con CD para training) para que se perfeccionen o repasen ciertos conceptos olvidados en los dedos o en la última neurona del area occipital. Los textos están en inglés pero son totalmente comprensibles y tienen mucho para ofrecer; para bajarlos sólo hacé click sobre las tapas. ¡A mover el muñon, papáaaaa...!

Silverchair Guitar Signature Licks (Libro + CD)

Bob Katz - Mastering Audio: The Art And The Science

Keith Wyatt - Blues Guitar Basics (Libro + CD)

Jean Marc Belkadi - Slap And Pop Techniques For Guitar

Berklee Press - Guitar Chord Dictionary

Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se reconociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho de enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud, cierto talento o un firme carácter?
Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales.
El mediocre aspira a confundirse en los que le rodean; el original tiende a diferenciarse de ellos. Mientras el uno se concreta a pensar con la cabeza de la sociedad, el otro aspira a pensar con la propia. En ello estriba la desconfianza que suele rodear a los caracteres originales: nada parece tan peligroso como un hombre que aspira a pensar con su cabeza.
El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así como el inferior hereda el "alma de la especie", el mediocre adquiere el "alma de la sociedad". Su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios.
El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no engendra; pero, en cambio, custodia celosamente la armazón de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital común contra la asechanza de los inadaptables. Su rencor a los creadores compénsase por su resistencia a los destructores.
Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter a las domesticidades convencionales. El horror de lo desconocido los ata a mil prejuicios, tornándolos timoratos e indecisos: nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca.
Aunque aislados no merezcan atención, en conjunto constituyen un régimen, representan un sistema especial de intereses inconmovibles. Subvierten la tabla de los valores morales, falseando nombres, desvirtuando conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontera, la admiración una imprudencia, la pasión ingenuidad, la virtud una estupidez.
El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva a la ostentación, a la avaricia, a la falsedad, a la avidez, a la simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que conspira en su interior acosado por el hambre de atávicos instintos y sin otra aspiración que el hartazgo.
Los prejuicios son creencias anteriores a la observación; los juicios, exactos o erróneos, son consecutivos a ella. Todos los individuos poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede substraérseles. No son exclusivos de los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente suyos, le son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan y su carácter cuando actúan; son individuales e inconfundibles. Difieren substancialmente de la Rutina, que es colectiva y siempre perniciosa, extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza de los demás.
Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando a puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos; sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativas pavorosos.
Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y con su esfuerzo está inclinado a admirar el esfuerzo y el talento en los demás; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el legítimo encumbramiento ajeno. El que tiene méritos, sabe lo que le cuestan y los respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara a él mismo. El mediocre ignora esta admiración abierta: muchas veces se resigna a aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar.
El que no admira lo mejor, no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas„ las culpas y no los méritos, las discordancias y no las armonías, muere en un bajo nivel donde vegeta con la ilusión de ser un crítico. Los que no saben admirar no tienen porvenir, están inhabilitados para ascender hacia una perfección ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; hay que cultivarla como un fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con su pátina ignominiosa.
En la primera década del siglo XX se ha acentuado la decadencia moral de las clases gobernantes. En cada comarca, una facción de vividores detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno a cuantos desdeñan tener complicidad en sus empresas. Aquí son castas advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de parlaembalde. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar con ideas su monopolio del Estado.
Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora muéstrense humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza a contar con ellos.
En la lucha por el éxito pueden triunfar los mediocres, pues se adaptan mejor a las modas ideológicas reinantes; para la gloria sólo cuentan las obras inspiradas por un ideal y consolidadas por el tiempo. que es donde triunfan los genios.

Extractos de "El hombre mediocre" de José Ingenieros